“Cambia el rumbo el caminante

Aunque esto le cause daño

Y así como todo cambia

Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia…”.

Así rezan los versos de la canción “Todo Cambia” escrita por el chileno Julio Numhauser y popularizada por Mercedes Sosa. Esta canción nos hace reflexionar sobre la inevitabilidad del cambio. El cambio es continuo y permanente. Es la parte normal de nuestra existencia.

Ahora ante una situación de constante cambio, ¿dónde ponemos nuestra energía? ¿En nuestras preocupaciones originadas por este cambio? o ¿en las cosas que, si bien no podemos controlar, sí podemos influir para poder vivir el cambio desde otro lugar que no sea la preocupación en sí misma? ¿Qué puedo hacer yo de manera diferente sabiendo que no puedo controlar el cambio? En otras palabras, sé que no puedo controlar el cambio, que éste se produce sin que ello haga nada, me afecta, me genera incertidumbre y que ésta me produce, tal vez miedo. La pregunta que me puedo empezar a hacer es, ¿qué puedo hacer diferente para poder influir en este proceso de cambio y poner mi energía en estas nuevas acciones?

Un concepto que puede ayudar a contestar la pregunta planteada en el párrafo anterior es el de “resiliencia”. Según la Real Academia Española, “resiliencia” es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado adverso. El origen de la palabra “resiliencia” proviene del campo de la biología y la ecología donde la definen como la capacidad de los organismos para absorber perturbaciones, sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad; pudiendo regresar a su estado original una vez que la perturbación ha terminado. Tomando una analogía con la medicina, podríamos decir que la resiliencia es el sistema inmunológico de nuestra mente. Es el sistema que protege a nuestra mente de los cambios en el medioambiente (amenazas, stress, cambios constantes, etc.).

Existen algunos factores que contribuyen a construir o mantener nuestra resiliencia, a reforzar “nuestro sistema inmunológico de nuestra mente”. Estos son:

1. Una actitud optimista y positiva

2. Confianza para enfrentar el miedo

3. Valores como ética, integridad, altruismo.

4. Espiritualidad.

5. Red de relaciones interpersonales.

6. Buen estado físico y saludable (alimentación saludable, ejercicio físico, etc.)

7. Flexibilidad Emocional (empatía, gratitud, inteligencia emocional, autoconocimiento, etc.)

8. Motivación personal, tener un propósito en nuestra vida.

Estos no son los únicos factores, sin embargo, nos pueden ayudar a reflexionar cuáles están más presentes en nosotros y cuáles no. ¿Qué posibilidades me abre cada uno de estos factores?

Te invito a poder identificar cuáles son los que están más ausentes en mi vida, y a partir de ahí ¿qué estoy necesitando para poder incorporarlos o tenerlos más presente? ¿qué necesito aprender, hoy?

Javier Rossi

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